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Hace no sé cuantos años publiqué en la prensa
y en arvo.net el siguiente artículo que una vez más ratifico

Por Antonio Orozco

Tuve la fortuna de convivir tres cursos consecutivos (1958-1961) con san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, aparte de otros encuentros esporádicos en diversas fechas. Una de las cosas en la que convenimos en afirmar quienes le tratamos de cerca durante algún tiempo es que jamás le oímos una palabra agresiva contra nadie, al contrario. Era capaz de hacerse «todo para todos para salvar a todos».

Un día de 1962, alguien del Opus Dei le abría confiadamente su corazón: había sido objeto de calumnias y persecución. El Padre, tras escucharle con afecto, le dijo: «tienes que aprender a perdonar…»; estuvo un momento callado y, como pensando en voz alta, añadió: «yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer». No lo consideraba mérito propio, sino puro don de Dios. A lo largo de toda su vida sacerdotal, cuando le llegaban noticias de insultos o se cometían injusticias contra su persona, reaccionaba con alegría: «no es verdad lo que dicen, pero yo merezco eso y mucho más». Su humildad le llevaba a considerarse como el «cacharro de los desperdicios» (Cfr. Camino, núm. 592).

Un día, a principios de los años 40, tuvo necesidad de tomar un taxi. Como le movía siempre un encendido afán apostólico, enseguida entabló conversación con el taxista. Le habló de Dios, de la necesidad de portarse bien, de santificarse en el propio trabajo, de comprender y convivir con todos. El taxista que había escuchado en silencio, al final del trayecto, preguntó:

—¿Estaba usted en Madrid durante la guerra? (se refería a la guerra civil española, todavía reciente en ese entonces).

—Sí, contestó san Josemaría.

El taxista replicó duramente:

—Lástima que no le hayan matado.

El sacerdote calló, pagó lo debido y preguntó:

—¿Tiene usted hijos?

Ante la respuesta afirmativa y a pesar de su penuria económica, dio al taxista una generosa propina y añadió:

—Para que compre unos dulces a sus hijos.

No se sentía enemigo de nadie. Siempre zanjaba cualquier conversación en la que siquiera de lejos se pudiera atisbar un movimiento involuntario de resentimiento: «vamos a no perder el tiempo, porque hay mucho que hacer». Enseñó con su ejemplo y con su palabra que el Opus Dei no tiene enemigos, que no se siente enemigo de nadie, y que no es antinada ni antinadie. Su palabra era siempre un signo más —el signo de la Cruz—, un lazo que se tendía generoso a la fraternidad universal efectiva, sin demagogias, sin transigir con el error, pero con sincero afecto hacia las personas equivocadas.

«No criar mala sangre»

En cierta ocasión exhortaba: «no queráis mal a nadie, nunca. Criar mala sangre sólo lleva a desgracias, ¿y cómo vamos a ser desgraciados, si somos hijos de Dios? Hay que saber perdonar. Después, si alguno os dice que es heroísmo, os reís. Es una cosa estupenda. ¿Acaso no nos perdona Dios cuando le ofendemos? ¿Cómo no vamos a perdonar nosotros?»

Con palabras semejantes, llenas también de elegancia humana y sentido del humor, restaba importancia a su vida de mortificación continua, a su humildad, a su entrega a todas las almas sin excepción. Ya en 1932 dejó escrito este aspecto importante de su programa de vida, que cumplió heroicamente hasta el 26 de junio de 1975, cuando el Señor se lo llevó al Cielo: «Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar (…) Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás».

Le preocupaban todas las personas: «todos los días rezo, en la Santa Misa, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por las almas todas, por mis hijas y mis hijos, por los padres de mis hijos y de mis hijas, por mis padres y hermanos». Y enseguida, con un rasgo de humor, añadía: «parece un trabalenguas, pero me sale muy bien, porque lo repito todas las mañanas». En ese mismo memento, en ese mismo «apartado» de su oración en la Misa por quienes le querían y hacían bien, rogaba, con la misma fuerza, por aquellos que se acercaban al Opus Dei con motivos menos rectos, para causar daño. Los ponía en el lado de los bienhechores.

Imitar a Dios

Esa proclividad, presteza y hondura en el perdón no parecen posibles sin una esforzada lucha continua por ser un buen hijo de Dios. El perdón es, en verdad, un don perfecto, si es auténtico y sin residuo de amargura. Y si, como es el caso, va más allá de lo humanamente exigido y llega no sólo a dar, sino a «darse» -la persona- en el perdón, entonces se ha cumplido el deseo imperativo del apóstol Pablo: «Sed imitadores de Dios». En el corazón de los santos —y todos estamos llamados a serlo— hay, como dice Juan Pablo II, «un amor más fuerte que la muerte y el pecado, un amor que está presente en el mundo y que es más fuerte que toda clase de mal. Creer en ese amor significa creer en la misericordia (…) Un mundo en el que se eliminase el perdón —asegura el Papa— sería solamente un mundo de justicia fría e impetuosa». Sería —cabe añadir— un inmenso frigorífico, en el que tampoco tendrían cabida la paz, la concordia, ni la alegría de la fraternidad.

El corazón sacerdotal de Josemaría Escrivá, con la gracia de Dios, hizo posible esa gran comprensión, ese gran amor que incontables personas agradecemos y le pedimos, con la certeza de contar –como reconoce la Iglesia- con un eficaz intercesor ante Dios. Perdonar, al unir y asemejar a Dios, otorga una paz honda y duradera. Cuando en una sociedad no hay paz sino violencia —terrorismo, aborto, eutanasia, insultos, calumnias habituales, descalificaciones, etcétera—, podemos estar seguros de que se está alejando de Dios y necesita urgentemente un «rearme moral», en una palabra, una «conversión»; necesita imitadores de Dios, mujeres y hombres que luchen por alcanzar la plenitud de la vida cristiana, capaces de darse a sí mismos en el perdón y la misericordia.

Seguro que, ahora en el Cielo, san Josemaría Escrivá no hace más que hablar bien a Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- de unos y de otros. Todos contamos con un gran intercesor.