IGLESIA


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«Dejar obrar a Dios»


Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger
sobre san Josemaría Escrivá

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El Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (hoy, papa Benedicto XVI) escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría y la personalidad del fundador. En L‘Osservatore Romano. 6-X-2002 (día de la canonización de san Josemaría por el papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro)


Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican más bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.□

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Hace no sé cuantos años publiqué en la prensa
y en arvo.net el siguiente artículo que una vez más ratifico

Por Antonio Orozco

Tuve la fortuna de convivir tres cursos consecutivos (1958-1961) con san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, aparte de otros encuentros esporádicos en diversas fechas. Una de las cosas en la que convenimos en afirmar quienes le tratamos de cerca durante algún tiempo es que jamás le oímos una palabra agresiva contra nadie, al contrario. Era capaz de hacerse «todo para todos para salvar a todos».

Un día de 1962, alguien del Opus Dei le abría confiadamente su corazón: había sido objeto de calumnias y persecución. El Padre, tras escucharle con afecto, le dijo: «tienes que aprender a perdonar…»; estuvo un momento callado y, como pensando en voz alta, añadió: «yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer». No lo consideraba mérito propio, sino puro don de Dios. A lo largo de toda su vida sacerdotal, cuando le llegaban noticias de insultos o se cometían injusticias contra su persona, reaccionaba con alegría: «no es verdad lo que dicen, pero yo merezco eso y mucho más». Su humildad le llevaba a considerarse como el «cacharro de los desperdicios» (Cfr. Camino, núm. 592).

Un día, a principios de los años 40, tuvo necesidad de tomar un taxi. Como le movía siempre un encendido afán apostólico, enseguida entabló conversación con el taxista. Le habló de Dios, de la necesidad de portarse bien, de santificarse en el propio trabajo, de comprender y convivir con todos. El taxista que había escuchado en silencio, al final del trayecto, preguntó:

—¿Estaba usted en Madrid durante la guerra? (se refería a la guerra civil española, todavía reciente en ese entonces).

—Sí, contestó san Josemaría.

El taxista replicó duramente:

—Lástima que no le hayan matado.

El sacerdote calló, pagó lo debido y preguntó:

—¿Tiene usted hijos?

Ante la respuesta afirmativa y a pesar de su penuria económica, dio al taxista una generosa propina y añadió:

—Para que compre unos dulces a sus hijos.

No se sentía enemigo de nadie. Siempre zanjaba cualquier conversación en la que siquiera de lejos se pudiera atisbar un movimiento involuntario de resentimiento: «vamos a no perder el tiempo, porque hay mucho que hacer». Enseñó con su ejemplo y con su palabra que el Opus Dei no tiene enemigos, que no se siente enemigo de nadie, y que no es antinada ni antinadie. Su palabra era siempre un signo más —el signo de la Cruz—, un lazo que se tendía generoso a la fraternidad universal efectiva, sin demagogias, sin transigir con el error, pero con sincero afecto hacia las personas equivocadas.

«No criar mala sangre»

En cierta ocasión exhortaba: «no queráis mal a nadie, nunca. Criar mala sangre sólo lleva a desgracias, ¿y cómo vamos a ser desgraciados, si somos hijos de Dios? Hay que saber perdonar. Después, si alguno os dice que es heroísmo, os reís. Es una cosa estupenda. ¿Acaso no nos perdona Dios cuando le ofendemos? ¿Cómo no vamos a perdonar nosotros?»

Con palabras semejantes, llenas también de elegancia humana y sentido del humor, restaba importancia a su vida de mortificación continua, a su humildad, a su entrega a todas las almas sin excepción. Ya en 1932 dejó escrito este aspecto importante de su programa de vida, que cumplió heroicamente hasta el 26 de junio de 1975, cuando el Señor se lo llevó al Cielo: «Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar (…) Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás».

Le preocupaban todas las personas: «todos los días rezo, en la Santa Misa, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por las almas todas, por mis hijas y mis hijos, por los padres de mis hijos y de mis hijas, por mis padres y hermanos». Y enseguida, con un rasgo de humor, añadía: «parece un trabalenguas, pero me sale muy bien, porque lo repito todas las mañanas». En ese mismo memento, en ese mismo «apartado» de su oración en la Misa por quienes le querían y hacían bien, rogaba, con la misma fuerza, por aquellos que se acercaban al Opus Dei con motivos menos rectos, para causar daño. Los ponía en el lado de los bienhechores.

Imitar a Dios

Esa proclividad, presteza y hondura en el perdón no parecen posibles sin una esforzada lucha continua por ser un buen hijo de Dios. El perdón es, en verdad, un don perfecto, si es auténtico y sin residuo de amargura. Y si, como es el caso, va más allá de lo humanamente exigido y llega no sólo a dar, sino a «darse» -la persona- en el perdón, entonces se ha cumplido el deseo imperativo del apóstol Pablo: «Sed imitadores de Dios». En el corazón de los santos —y todos estamos llamados a serlo— hay, como dice Juan Pablo II, «un amor más fuerte que la muerte y el pecado, un amor que está presente en el mundo y que es más fuerte que toda clase de mal. Creer en ese amor significa creer en la misericordia (…) Un mundo en el que se eliminase el perdón —asegura el Papa— sería solamente un mundo de justicia fría e impetuosa». Sería —cabe añadir— un inmenso frigorífico, en el que tampoco tendrían cabida la paz, la concordia, ni la alegría de la fraternidad.

El corazón sacerdotal de Josemaría Escrivá, con la gracia de Dios, hizo posible esa gran comprensión, ese gran amor que incontables personas agradecemos y le pedimos, con la certeza de contar –como reconoce la Iglesia- con un eficaz intercesor ante Dios. Perdonar, al unir y asemejar a Dios, otorga una paz honda y duradera. Cuando en una sociedad no hay paz sino violencia —terrorismo, aborto, eutanasia, insultos, calumnias habituales, descalificaciones, etcétera—, podemos estar seguros de que se está alejando de Dios y necesita urgentemente un «rearme moral», en una palabra, una «conversión»; necesita imitadores de Dios, mujeres y hombres que luchen por alcanzar la plenitud de la vida cristiana, capaces de darse a sí mismos en el perdón y la misericordia.

Seguro que, ahora en el Cielo, san Josemaría Escrivá no hace más que hablar bien a Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- de unos y de otros. Todos contamos con un gran intercesor.

A. Orozco Delclós Este va a ser mi Blog más personal. De ahí que aparezca el YO en primer término. Pido disculpas por ello. La razón de tal atrevimiento es el deseo de significar que voy a tratar de mis experiencias, de mi conocimiento del Opus Dei fundado básicamente no en lo que se puede leer en los libros o escuchar en las noticias o comentarios de los medios . Todo esto tiene siempre un valor que invita a acercarse a la realidad real, la que yo conozco por estar inmerso en ella, por haber bebido su espíritu, es decir, su modo propio de seguir a Jesucristo como los primeros Doce. En mi caso llevo más de medio siglo viviendo en el Opus Dei. Sólo lamento no haberlo hecho demasiado bien. Desde octubre de 1958 a julio de 1961 fui alumno del Colegio Romano de la Santa Cruz, cuya sede, entonces, porque no había otros medios, era la misma sede central del Opus Dei donde vivía el fundador de la Obra, hoy canonizado ya, san Josemaría Escrivá, por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, ante varios centenares de miles de personas que representaban a todos los demás centenares de miles que no pudimos estar allí aunque lo deseábamos profundamente.  El Opus Dei es amado por milones de personas de los cinco continentes, porque es de Dios, como han dicho, Juan Pablo II -solemnemente en la Bula Ut sit-, y Benedicto XVI, en varias ocasiones, entre ellas un artículo que publicó el 6 de octubre de 2002, fecha de la Canonización, en L’Osservatore Romano. Todo esto, a los miembros del Opus Dei nos invita a la humildad más honda porque cuanto más se engrandece la figura de nuestro fundador y se extiende la Obra por el mundo, tanto más pequeños nos vemos y comprobamos que Dios es capaz de escribir letra “inglesa” con la pata de una mesa, con una escoba o con lo que tenga en sus Manos.

Pues bien, he puesto el “yo” en primer término, porque pretendo comunicar lo que “yo” he visto y aprendido en el Opus Dei y del contacto directo con su fundador. Quizá cuente la historia de mi vocación a la Obra, si el espíritu sopla por ahí y el Señor me da tiempo. Confío en que mis lectores, espectadores o escuchantes sepan distinguir entre la persona, un simple sacerdote, contento de serlo para siempre en el Opus Dei y la institución de la Iglesia a la que pertenezco con plena dedicación. Para empezar les ofreceré en el próximo post una bibliografía básica que se encuentra también en Internet y, por descontado, les remito a la página “oficial”, por así decirlo, del Opus Dei que se publica en muchos idiomas: www.opusdei.org


Con el mismo título, en la WEB de Almudí se encuentra desarrollado el siguiente Índice

* Misión
* Breve Historia del Opus Dei
* Fundador
* Espíritu
* Fieles de la Prelatura. Sacerdotes y laicos
* Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
* Cooperadores
* Apostolado
* Organización
* Libros
* Testimonios, noticias y artículos breves
* Estudios sobre el Opus Dei y su espiritualidad
* Enlaces sobre el Opus Dei
* Algunas materias más desarrolladas
* Otros artículos en Almudí-Google

Misión

El Opus Dei es una Prelatura personal de la Iglesia católica . Fue fundado en Madrid el 2 de octubre de 1928 por San Josemaría Escrivá. En la actualidad, forman parte de la prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede ? con la iglesia prelaticia ? se encuentra en Roma.

El Concilio Vaticano II recordó que todos los bautizados están llamados a seguir a Jesucristo, a vivir y dar a conocer el Evangelio. La finalidad del Opus Dei es contribuir a esa misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo entre fieles cristianos de toda condición una vida plenamente coherente con la fe en las circunstancias ordinarias de la existencia humana y especialmente a través de la santificación del trabajo.

Para alcanzar ese fin, la prelatura proporciona formación espiritual y atención pastoral a sus propios fieles y también a muchas otras personas.

A través de esa atención pastoral se estimula a llevar a la práctica las enseñanzas del Evangelio, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas y la santificación del trabajo. Santificar el trabajo significa, para los fieles de la prelatura, trabajar según el espíritu de Jesucristo: realizar la propia tarea con perfección, para dar gloria a Dios y para servir a los demás, y contribuir de este modo a santificar el mundo, haciendo presente el espíritu del Evangelio en todas las actividades y realidades temporales.

Los fieles de la prelatura realizan personalmente su tarea evangelizadora en los distintos ámbitos de la sociedad en los que se desenvuelven. En consecuencia, la labor que llevan a cabo no se limita a un campo específico, como la educación, la atención a enfermos o la ayuda a discapacitados. La prelatura se propone recordar que todos los cristianos, sea cual sea la actividad secular a la que se dediquen, han de cooperar a solucionar cristianamente los problemas de la sociedad y deben dar testimonio constante de su fe.

Hoy 26 de junio de 2007, a las 8 de la tarde – si Dios quiere – concelebraré la Misa de la fiesta de San Josemaría, en la llamada Catedral Vieja de Salamanca. Predicaré la homilía apoyándome en un texto escrito por el cardenal Joseph Ratzinger -y publicado en L’Osservatore Romano-, el 6 de octubre de 2002, día en que Juan Pablo II canonizó solemnemente al Fundador del Opus Dei en la Plaza de San Pedro.
«Dejar obrar a Dios»Celebramos hoy la Fiesta de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, canonizado hace sólo cinco años por el queridísimo papa Juan Pablo II el día 6 de octubre de 2002. Aquel mismo día, en en L’Osservatore Romano, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI, escribía un artículo titulado «Dejar obrar a Dios», sobre el espíritu que difundió san Josemaría y la personalidad del fundador.

Decía el actual Papa que siempre le había «llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei» (Obra de Dios, trabajo de Dios)
y concluía que este nombre permite entender la fisonomía espiritual del fundador:
«Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.»

Al considerar esta actitud le venían a la mente – al cardenal Ratzinger- las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. «Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no se interesa por nuestros asuntos de cada día.» …

«Según este modo de pensar –continúa el Papa-, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican más bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también hoy actúa; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.»

Permitidme ahora un inciso: A nosotros nos interesa el futuro: nuestro futuro, el futuro de nuestros hermanos, el futuro de nuestros hijos, el futuro de la humanidad… Debiera interesarnos mucho EL FUTURO. Porque la vida en la tierra es sobre todo ir hacia el futuro y el futuro es eternidad. Nuestro Padre Dios nos tiene preparadas infinitas maravillas de amor en ese futuro eterno. Por eso hemos de dirigirnos a él no de cualquier modo, sino «redimiendo el tiempo», como decía san Pablo y repetía san Josemaría. ¿Y cómo se hace eso? AMANDO: amando el tiempo que Dios nos da, para amar, para crecer en el amor a Dios y al prójimo, con obras.

El tiempo, cada tiempo, el tiempo de cada generación, siguiendo a este Jesús, Dios hecho hombre, que viene a nuestro encuentro, y nos dice como a Pedro –lo hemos leído hace un momento en el Evangelio de la Misa de san Josemaría- : «Rema, mar adentro». Y san Josemaría nos dice en Es Cristo que pasa, 2: «Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios. / Algo semejante ha sucedido con nosotros. Sin gran dificultad podríamos encontrar en nuestra familia, entre nuestros amigos y compañeros, por no referirme al inmenso panorama del mundo, tantas otras personas más dignas que nosotros para recibir la llamada de Cristo. Más sencillos, más sabios, más influyentes, más importantes, más agradecidos, más generosos. / Yo, al pensar en estos puntos, me avergüenzo. Pero me doy cuenta también de que nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya. […] Sin que haya mediado mérito alguno por nuestra parte, os decía: porque en la base de la vocación están el conocimiento de nuestra miseria, la conciencia de que las luces que iluminan el alma -la fe-, el amor con el que amamos -la caridad- y el deseo por el que nos sostenemos -la esperanza-, son dones gratuitos de Dios. Por eso, no crecer en humildad significa perder de vista el objetivo de la elección divina: ut essemus sancti, la santidad personal. (Es Cristo que pasa, 3)

Ahora vuelvo al escrito del cardenal Ratzinger:

«Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada.

«Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

«El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que […] permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. […] Me parece que […], hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar [con Dios] como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

«En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

«Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.»